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Concepto Directivo del Refugio Heidi y Pedro A.C. en Guadalajara, Jalisco
El
trabajo de promoción y acompañamiento educativo
Los
objetivos principales Los
principios principales Una de las principales divisas de los niños de la calle es la de su libertad a toda costa. Hogares cerrados sólo logran generar en el menor un sentimiento de dependencia, falta de autoestima, autocompasión y rechazo. Las instituciones cerradas aíslan al niño, lo hacen antifuncional y torpe para la vida. • El refugio, la casa-sede Es imprescindible,
no obstante, que un proyecto educativo-liberador con niños callejeros
cuente con, al menos, una casa-sede en cual tengan la subsistencia mínima
los menores. Porque la identificación positiva con una casa propicia
la superación de los conflictos psicológicos, las crisis,
la falta de autoestima y de seguridad personal. El menor va adquiriendo
estabilidad en un sitio físico, puede irse despendiendo de conductos
lesivos de su persona, como la adicción a las drogas y la agresividad.
Una un esquema de relaciones mucho menos autocrático y punitivo
que al que está acostumbrado, además de casa-sede como refugio
disminuye la ansiedad y la frustración psicológica del niño
y puede proponerle funcionar como un espacio educativo y de socialización.
En su dinámica cotidiana, una casa así habría ofrecerle
patrones de identificación complementaria y de carácter
positivo. Esa casa, además debe de dotar al niño y adolescente
de capacitad para desarrollar habilidades para autosugestión y
la cogestión, así como ofrecer destrezas para sobrevivir.
Los valores fundamentales que habría de apuntar son los valores
humanos colectivos: • Trabajar con una pedagogía popular y participativa Creemos necesario que una institución encargada en la problemática de los niños de la calle debe de optar por un modelo educativo, humanista, solidario y respetuoso de la libertad y de la cultura propia de los menores. Actuar desde la libertad y para la libertad de los niños. El papel que se debe asumir, entonces, no es el de jueces, sino el de educadores. Lo que pretenderíamos es desatar y facilitar un proceso educativo concienciado por el cual los muchachos sean capaces de discernir críticamente entre lo que viven y lo que quieren, entre lo que es positivo y negativo para ellos. Sólo de esta manera, podrán determinar su propio proyecto de vida y el modo de realizarlo. Creemos que en gran medida los contenidos de la educación institucionalizada han divorciados de la realidad concreta y que, por ello, no capacitan para la vida. Un programa que proponemos y tratamos de llevar adelante quisiera superar este divorcio escuela – vida y generar, en cambio, un aprendizaje para la vida. Asumimos una actitud que llamamos de investigación participativa y transformadora. Desde esta perspectiva, tanta la institución como los educadores han de concebirse sólo como apoyo de un proceso que articula la teoría y la práctica organizativa de los niños hacia una transformación de su propia realidad. Deseamos entonces transformar a los tradicionales “objetos” de la educación en sujetos activos de su propio proceso educativo y transformador. Nuestra disposición subjetiva, por esto mismo, hay de ser de aprendizaje y solidaridad: Ofrecer aquello que se tiene y que los muchachos necesitan, y recibir aquello de lo que se carece. Así, como promotores, hemos de inscribirnos en un proceso dinámico de interacción con el menor de la calle. Tratar de hacer nuestro “desde fuera”, la vivencia del menor marginada para entrar en su mundo y participar de sus valores y horizontes, de su cultura completa para, en este proceso, llegar – niños y promotores – a la producción y apropiación de valores nuevos que cuestionen nuestra mutua realidad actual y generen nuevos proyectos de vida y alternativas existenciales. Así, si deseamos interpelar a los menores, antes debemos dejarnos interpelar por ellos, haciendo de lado por un momento los propios esquemas de valor. De esta manera, una acción pedagógica se ha de enriquecer con una metodología específica con la cual pueda hacerse vida todo lo antes expuesto. Tendríamos, entonces, una metodología de carácter liberador. • Adaptar una metodología que sea libertadora Esta
metodología (conjunto con métodos, técnicas y dinámicas)
incorpora, por lo menos, los siguientes elementos: La educación popular, que podrá dotar de herramientas metodológicas para el trabajo del equipo promotor, para el análisis, y para la participación de los mismos niños en la guía del proceso educativo-concienciado que se pretende desatar. La estrategia educativa, que se ha de construir integrando los principios de investigación participativa y las herramientas de la educación popular. Sólo será a partir de la promoción de actividades y de reflexiones que recuperen la cultura, el universo lúdico del niño y la propia conciencia de sus habilidades, capacidades y limitaciones, como se podrá proyectar un futuro distinto en torno de su propia realidad problemática. La enculturación, como participación vital y solidaria en la propia cultura de los menores de la calle; el intercambio fecundo de cosmovisiones y valores, de suerte que, como fruto de la interacción, surja una nueva cultura callejera popular, ilustrada y para la liberación. La educación en la fe. Sí bien partimos de la defensa intransigente de la libertad de creencias, pensamos que, aun desde la propia cultura callejera, un trabajo en este nivel se hace necesario. Así, aunque no imponemos una práctica religiosa particular, vemos conveniente promover la profundización en los propios valores religiosos de los niños, en tanto que la dimensión religiosa-trascendental es constitutiva de la realidad humana. Intención
principal Para nosotros el trabajo como elemento educativo es un proceso intermedio para que el niño comience a integrarse por dejar la calle. Conscientes de que la problemática de los niños trabajadores en la calle es un tema eminentemente polémico, entendemos que es también nuestra labor impulsar procesos de reflexión al propósito en la sociedad tapatía para que los argumentos partan de la cultura de los niños en función de un proyecto de liberación, más que de prejuicios clasistas. El papel nuestro, entonces consiste en impulsar el trabajo infantil como una forma de protección de ellos mismos y como ocasión para su organización, de suerte que les permita tener una palabra dentro de la polémica teórica a propósito del trabajo infantil. El
modelo participante y liberador Etapa
1 Normalmente tardará hasta el menor callejero o el grupo de menores callejeros tiene la confianza al educador o a la educadora y aceptan nuestro refugio como lugar para comer, descansar y dormir. Etapa
2 El
psicólogo / la psicóloga
Etapa 3 El
menor Etapa
4
Guadalajara, Agosto de 2002 |
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